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VIII. LA PRESA

...¡Vil metal!

BURKE.

...¡Es posible!

BALZAC.

—¡Diablo! ¡hermoso tiro! Ya ves, maestro Zeli..., la bala ha entrado por encima del coronamiento y ha salido por la tercera porta de estribor. ¡Pardiez! ¡Melia, haces maravillas!

Así decía Kernok, con un largo anteojo en la mano, y acariciando la culebrina aún humeante que él mismo acababa de apuntar contra el San Pablo, porque este navío no se había apresurado a izar su pabellón.

Esta era la bala que había matado a Carlos y a su esposa.

—¡Ah! ¡qué suerte!—repuso Kernok viendo el pabellón inglés que se desarrollaba en lo alto de uno de los palos del San Pablo—, ¡qué suerte! se da a conocer... ¡y dice de qué país es! pero no me equivoco...

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