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ReadBooks.xyz | La guardia blanca

CAPÍTULO III. DE CÓMO TRISTÁN DE HORLA DEJÓ AL BATANERO EN PERNETAS

Caso muy raro sería que un joven de veinte años, lleno de salud y vida, dedicase las primeras horas de absoluta independencia gozadas desde la infancia a llorar la celda de su convento y la disciplina del claustro. Sucedió, pues, que la emoción de Roger fue poco duradera y que aun antes de perder de vista a Belmonte recobró la alegría propia de sus años y pudo apreciar en toda su belleza los primores del paisaje. Era una tarde hermosísima; los rayos del sol caían oblicuamente sobre los frondosos árboles, trazando en el camino arabescos de sombras, alternados con anchas franjas doradas. Entre los árboles y en cuanto alcanzaba la vista, tupidos arbustos, amarilleando algunos al soplo del otoño. Al perfume de las flores se unían las gratas emanaciones resinosas

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